Llegué a casa y vi a Daniel en mi veranda.
“Mierda” exclamé mientras me dirigía a la puerta principal.
“Maldita sea, Mara, ¿no podías contestar el teléfono? Me tenías asustado” —ya empezaba a regañarme.
“Lo siento” gruñí.
“¿Qué hiciste?”
“No llegué a mi destino.”
“Deberías entrar, te contaré todo.”
Le hice un gesto ya de pie junto a la puerta.
“Qué poco te importa” resopló mientras se abría paso por la puerta.
“Te escucho.”
“Por favor, ¿podría al menos acomodarme?”
“Claro, reina, acomódate” se