M O R G A N
—Besame la mano, niña—suelta el señor que tengo delante como si fuera de repente el dueño del lugar.
Miro a mi secuestrador.
—Que sepas que pronto tendrás a los Rosemonde aquí, no te gustará conocer a mis tíos—afirmo convencida.
Ante ese gesto el señor parece enfurecer.
—Maldita mocosa, eres una Ross. No una Rosemonde—responde él al borde de un ataque de nervios—Soy tu jodido abuelo, Hugo Ross—añade.
Yo lo miro intentando no mostrar ninguno de los sentimientos que estaba sintiendo,