—No me parece correcto —dudé, pensando que sería descortés.
—No te preocupes, los hombres de esta casa son todos adictos al trabajo, nunca tienen hora fija para volver. Si tuviera que esperarlos para comer, me habría muerto de hambre hace tiempo.
La señora Montero me tranquilizó con su humor característico, así que sonreí y la seguí al comedor.
La comida había sido definitivamente preparada por el chef Juan, lo reconocí al primer bocado.
La señora Montero me animó sonriendo: —Si te gusta, come m