—Qué va —me sobresalté y lo negué por instinto.
Pero Sofía me conocía desde hace años, y al ver mi reacción, su sonrisa se volvió más sugestiva.
—Confiesa... ¿después de divorciarte del tonto de Antonio has encontrado un nuevo amor?
Me mordí los labios sin decir nada.
Pero pronto sentí las mejillas ardiendo, sin saber si era por el calor de la estufa o por mi propio sonrojo.
—¡Vamos, cuéntame! Aquí solo estamos nosotras dos. ¿Es el señor Montero? Los he visto juntos un par de veces y siempre me