—¡Antonio! ¿Quieres que tu madre se arrodille ante ti? ¡Divórciate! ¡Divórciate ya! ¡O dejaré de reconocerte como hijo! —ordenó Marta entre lágrimas, agarrando con fuerza el brazo de Antonio.
Las señoras ricas seguían cotilleando, algunas fingiendo consolar a Marta, aunque en realidad solo buscaban satisfacer su curiosidad.
Antonio, con expresión extremadamente conflictiva, parecía seguir dudando.
Volví a agitar mi teléfono recordándole: —Si insistes en no divorciarte, llamaré al 911 ahora mismo