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Adele.
Mariah me lleva arrastrada por el brazo y yo me siento como una condenada a muerte.
Porque, si no me mata la angustia de saberme encerrada en la que se supone es mi propia manada, lo hará el saber que mi pareja destinada está en peligro.
― ¡Mi querida Adele, qué bueno que has regresado! ―me dice la matriarca, quien me toma entre sus brazos― ¡y tú, Mariah, ya estás a salvo, gracias a la diosa! ―le señala a esta, soltándome de su abrazo, para tomarla a ella esta vez, lo cual me sorpren