El ático estaba en silencio, pero internet ardía.
Aria permanecía junto a la ventana, sosteniendo la tableta de Adrian. La foto seguía en la pantalla, con la luz del sol reflejándose en ella, clara como el día. Era poderosa, pero no suficiente. Todavía no.
—Esto no puede ser todo lo que usemos —dijo él en voz baja—. Si voy a la guerra, voy con pruebas.
Ella tomó su teléfono y se alejó de los demás.
—Maya —dijo en cuanto se conectó la llamada—. Necesito un favor. Uno peligroso.
Maya suspiró al o