Ava solo tenía veintiún años. Era la novia de su hijo cuando se conocieron. Él sabía que no tenía derecho a desearla con lujuria. Pero una sola mirada a sus curvas desbordantes selló el trato. Tetas pesadas y tambaleantes, muslos gruesos que se sacudían con cada embestida, vientre suave que quería agarrar mientras la preñaba.
Alexander quedó obsesionado desde el momento en que la vio por primera vez. Necesitaba reclamarla. Rellenarla hasta el fondo con su polla. Preñarla hasta que goteara su se