70. Leche de fresa y una mañana incómoda
El rostro de Elara ardió al instante. La mano de Jaxon seguía sosteniendo su barbilla con firmeza. Estaban tan cerca que Elara podía sentir el calor que emanaba del pecho desnudo del hombre.
—Eres demasiado engreído, Jaxon —replicó Elara en voz baja.
Elara giró el rostro para liberarse del agarre de Jaxon. Dio un paso atrás en busca de una distancia segura. El aire en la habitación se volvió repentinamente muy denso.
Jaxon soltó una risa ahogada. Bajó la mano, pero hizo una leve mueca de dolor