CRISTINE FERRERA
—¡Auch! —exclamé mientras Eliot veía la marca que los dedos de Rinaldi habían dejado en mi cuello.
—Llamaré a un doctor… —agregó con un resoplido y sacó su teléfono.
—No es necesario… —contesté posando mi mano sobre la suya y bajando su celular. No pude evitar sonreír, pues noté que aún usaba el uniforme que le había confeccionado. Era curioso que esos dinosaurios de colores no le quitaran la ferocidad que lo caracterizaba.
—Lo lamento… creo que me queda demasiado justa. —Me