PIERO BERNARDI
La noche era profunda, no tardaba en amanecer y tal vez no era buena idea haber sacado a Donna de la cama, pero sentía la necesidad de hacerlo. Envuelta en mi abrigo, permanecía silenciosa en el asiento del copiloto mientras yo estaba nervioso, sentía como si todas mis células vibraran al mismo tiempo, y mis manos sudaban debajo de los guantes de piel.
Llegamos al cementerio y por un momento pensé que se había quedado dormida, pero en realidad estaba viendo fijamente por la vent