Elena entró, todavía con su vestido de novia, el encaje blanco ahora arrugado y manchado en algunos lugares. El velo le colgaba torcido, el rímel corrido por las mejillas y los labios hinchados y brillantes. Se quedó congelada en la puerta, con los ojos muy abiertos por la impresión al ver la escena: yo —su hermanita— completamente desnuda salvo por el vestido arrugado alrededor de la cintura, a horcajadas sobre su flamante marido, rebotando sin vergüenza sobre su enorme polla mientras la cama