NELSON.
Estaba sentado allí en la mesa de examen con mi polla todavía palpitando y mi tobillo vendado apretado, mirando la puerta cerrada como un idiota. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Nelly nunca volvió. En cambio la puerta se abrió de nuevo y esta enfermera plana y flaca de casi cuarenta años entró llevando un tubo de bálsamo. Es plana como una tabla. Sin tetas que valgan la pena mencionar. Nada como el par masivo y pesado que Nelly llevaba por ahí.
“Eres Nelson, ¿verdad?” dijo con voz ab