La actividad que más amaba por encima de cualquier cosa era acampar.
No ir de compras, ni fiestas, ni desplazarme por el teléfono hasta que mis ojos suplicaran piedad. Solo acampar.
Había algo ridículamente satisfactorio en cambiar el concreto por árboles y el ruido del tráfico por pájaros que sonaban como si estuvieran discutiendo por una renta impaga.
Amaba todo sobre la naturaleza. Y, sinceramente, no sabía por qué. Simplemente era algo que llevaba dentro desde la infancia.
Los árboles impon