Y en mi cabeza la habitación estaba iluminada por una única lámpara de mesita.
El hombre encima de mí era más ancho, más fuerte y mayor.
Sus embestidas eran más profundas, castigadoras, posesivas, haciendo que me castañetearan los dientes.
Su mano estaba otra vez sobre mi boca, ahogando cada grito para que la casa no despertara.
Su voz era grava en mi oreja: *«Silencio, pequeña… toma la polla de papi justo así… tan jodidamente codiciosa por ella…»*
Daniel aceleró, respiración entrecortada. «Jod