BARBARA
Corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron, con el pecho dolorido y la vista borrosa por las lágrimas que no dejaban de caer. Sus risas, las palabras de Sebastián, la forma en que me miraba como si fuera repugnante, seguían resonando en mis oídos.
«¡Barbara! ¡Espera!», resonó la voz de María detrás de mí, llena de preocupación y pánico, pero no podía detenerme. No quería detenerme, porque sabía que si lo hacía, me derrumbaría por completo.
Mis pies seguían moviéndose aunque mi