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La torre se alzaba imponente sobre el lecho de rosas marchitas, en los cielos oscuros, una luna diminuta ofrecía una iluminación apenas suficiente para poder ver más allá de las narices. El camino a la torre estaba lleno de gravilla y en el silencio de la noche algunas criaturas agitaban sus alas a poca distancia de Rob. Esté se había vuelto varias veces en dirección de los aleteos, pero lo poco que había captado, eran sombras, sombras n

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