—¿Qué? —preguntó Kentin, sus ojos verdes relampagueaban con fiereza a través de los cristales de sus lentes de montura verde. Podía sentir como iba aumentando su enojo, tenía el ceño fruncido y yo temblaba de pies a cabeza; tragué saliva y me animé a repetir lo que ya le había dicho.
—Que deberíamos de atrasar la boda —repetí. Kentin me miró directo a los ojos, sentí como si un hielo se derramase por mi espalda.
«Mierda», pensé.
—¿Por qué no dices que no quieres casarte y listo? —preguntó Kenti