Simón observó al hombre sentado tras el escritorio, a Santos, y le preguntó: —¿Dónde está Isolde?
Santos, sin apresurarse, sacó un habano, lo encendió despreocupado, inhaló lentamente y, al exhalar una nube de humo, respondió: —Tranquilo. Has cumplido con tu parte del trato, y claro que te devolveré a Isolde. Pero antes, hay otro asunto del que quiero hablar contigo.
—Siéntate, no te preocupes.
Simón suspiró con resignación y, sin otra opción, se sentó. —Dime directamente qué es lo que quieres.