Simón, al notar que Eryndor ya había escuchado sus pasos, preguntó: —Señor Eryndor, ¿a qué debo el honor de su visita?
Eryndor no se giró de inmediato, continuó observando el cielo teñido de un profundo rojo, perdido en la contemplación de las nubes que se iluminaban como fuego.
—Señor Simón, ¿está satisfecho con la subasta de hoy?
—Sí, fue una buena organización. ¿Acaso, señor Eryndor, también tiene algún objeto que desee venderme?
—Jeje.
Eryndor soltó una pequeña risa y, lentamente, se dio la