Cuando Gasparino descendía en picada desde las alturas, con la firme intención de clavar sus afiladas espinas óseas en el cráneo de Simón, creyó por un instante que ya había ganado. Incluso pudo vislumbrar en los ojos de Simón una tenebrosa mirada de aparente desesperación, como si ya se rindiera a sus pies...
Pero justo en el momento en que la espina mortal de Gasparino estaba a un palmo de la cabeza de Simón, este, que parecía estar bastante desorientado, extendió su mano derecha y, con precis