Simón esperó un largo rato frente a la Comisaría de Ael, y luego Elara salió acompañada de una joven rubia con ropa sencilla.
Cuando llegaron justo frente a Simón, Elara se acercó con familiaridad y lo tomó apresurada del brazo, con una expresión juguetona en su rostro:
—¡Hermano, gracias por tu ayuda!
—¿Cómo te llamas?
Sintiendo el cuerpo suave de Elara presionándose contra su brazo, Simón sabía muy bien que ella estaba haciendo esto a propósito. Aunque él entendía el insinuante comportamiento,