Simón lo miró muy silencioso.
El desespero lo inundó al instante. Sin vacilar, Kenzo levantó con fuerza su arma hacia su propia cabeza y apretó ferozmente el gatillo.
Un estampido.
La cabeza de Kenzo estalló en ese momento en una lluvia de sangre y cayó al suelo inmóvil.
Simón refunfuñó con indiferencia, luego se subió a un vehículo militar y ordenó: —Quédense aquí en ese momento y esperen por mí.
El vehículo militar rugió mientras aceleraba y se alejaba rápidamente.
En ese preciso instante, Ono