Después de un momento, la turbulencia de energía espiritual se desvaneció paulatinamente, revelando al instante las siluetas de dos personas.
Simón, sosteniendo una lanza, estaba de pie con arrogancia, mientras que el Destructor de Froilán había desaparecido en ese momento.
Una rara expresión de enojo apareció al instante en el rostro de Froilán, quien miraba a Simón con gran odio.
En ese momento, el dolor de la desesperación y los efectos del abismo continuaban sin cesar. Froilán seguía siendo