En un oscuro sótano, Samuel permanecía estar sentado en su gran sillón reclinable. A sus pies, el líquido negro y pegajoso que llenaba la tina de madera había disminuido hasta la mitad, dejando asi un rastro pegajoso en las paredes del recipiente.
—¡Upp!
Oscar cayó de rodillas frente a Samuel, inclinando asi la cabeza con respeto.
—Señor Samuel, he regresado.
Samuel lo observó con una mirada muy seria, su voz resonó con un tono de autoridad implacable.
—Dime, Oscar, ¿has eliminado al hombre que