Punto de vista de Silas
Kimberly se marchó a las seis y media de la mañana.
No la vi irse. Evans se encargó de la escolta y regresó una hora después con el aspecto de un hombre que había cumplido un trabajo que no le gustaba y del que no estaba seguro de haber terminado.
—Se fue en silencio —dijo.
—Claro que sí —respondí.
Claro que sí. Así era Kimberly. Sus salidas nunca eran vulgares. Eran todas las cosas previas a su partida las que dejaban huella.
No había dormido. Había consultado personalm