Lo reconocí antes siquiera de ver: ese murmullo de gente despidiéndose con abrazos demasiado largos, maletas rodando, niños corriendo, altavoces llamando nombres que nadie atiende. Los cruceros tienen eso. Parecen vacaciones hasta para quien va a trabajar, y tal vez por eso mismo sean peligrosos.
Olívia caminaba a mi lado con la mochila en la espalda y una cara de quien había sido condenada a convivir con seres humanos.
"Vienes poniendo esa cara desde ayer", comenté, solo para picar.
"No es car