Caminábamos tomados de la mano por las calles empedradas de Bath, todavía procesando la experiencia mágica que acabábamos de vivir en el Jane Austen Centre. El sol de invierno comenzaba a ponerse, aunque aún no eran ni las cuatro de la tarde, pintando el cielo en tonos dorados que se reflejaban en la arquitectura georgiana a nuestro alrededor, creando una atmósfera que parecía salida directamente de una postal.
—Ya hubiera sido un día perfecto incluso si terminara aquí —dije, apretando la mano