—Dios mío, qué frío —murmuré, jalando la bufanda hasta casi cubrir completamente la nariz mientras observaba el paisaje inglés pasar por la ventana del auto. El cielo estaba completamente nublado, en una tonalidad grisácea que prometía nieve en cualquier momento, y los campos se extendían infinitamente de ambos lados de la carretera, salpicados por pequeñas casas de piedra que parecían haber salido directamente de un cuento de hadas.
—¿Estás bien abrigada? —preguntó Nate, mirándome rápidamente antes de volver la atención a la carretera—. Puedo subir la calefacción.
—No, está bien —respondí, acomodándome mejor en el asiento del pasajero—. Es que todavía no me acostumbro a este frío de diciembre aquí. En Argentina, diciembre es verano, playa, un calor que derrite el asfalto.
—¿Y lo extrañas?
—A veces —admití, observando una pequeña iglesia medieval que apareció a lo lejos—. Pero hay algo sobre este paisaje que es... mágico. Parece que estoy dentro de una película romántica británica.