El viernes por la mañana llegué a la oficina quince minutos antes del horario normal, esperando tener algunos momentos de paz para organizar mi semana. Pero apenas entré a nuestra oficina, me detuve por completo.
Sobre mi escritorio había un ramo enorme de rosas rojas —al menos dos docenas de ellas, arregladas de forma perfecta en un florero de cristal elegante. El aroma suave llenó mi nariz antes de que me acercara.
—Ok —dijo Bianca, mirando por encima de la pantalla de la computadora con una