La gente en el pasillo se detuvo a su alrededor para mirar. Enfermeras gritaron. Alguien dejó caer una bandeja. Alan, que pasaba, tiró la carpeta al suelo y corrió.
— ¿Qué es esto... Marcelo?— gritó mientras intentaba pasar entre la gente.
— Llamen a seguridad...— dijo una voz histérica al fondo.
Marcelo ni siquiera giró el rostro.
— Pueden llamar a la seguridad, a la policía o al Papa, si quieren. — la voz salió alta, firme, cargada de peligro y amenaza. — Pero nadie me va a impedir ac