—Lo sabía… —susurró Cassandra, con voz temblorosa, liberándose con una fuerza inesperada del agarre de Madeline.
En ese instante, un silencio tenso se apoderó del pasillo, solo interrumpido por las palabras de la mujer rubia.
—Sabía que nunca te importaron mis hijas. Engañaste a Angelo muy bien ya que… Confió en ti hasta que decidiste darles una sustancia para enfermarles… Algo que solo una m@ldita monstruosa haría —el rostro de Cassandra se tornó rojo de ira.
Pero no era la única que estab