Pasadas unas horas.
Cassandra se encontró en la amplia cama envuelta en sábanas de seda, el cuerpo de Angelo Fiorentino a su lado, profundamente dormido.
Una sonrisita maliciosa, curvó los sensuales labios color cereza de esa mujer rubia.
Con movimientos sigilosos, se levantó, su piel desnuda brillando por el sudor bajo la luz tenue que se filtraba desde las ventanas de cristal.
Sabía que el tiempo era esencial. Si Marco o Harold la llamaban esa noche, y Angelo respondía… ¡TODO ESTARÍA P