Estaba a punto de girar el picaporte cuando un fuerte garraspeo la detuvo en seco. Frunció el ceño y, con cierta resignación, se volteó lentamente. Allí estaba Cael Van Der Wijk, su imponente figura recortada contra la luz del amplio ventanal, sosteniendo su saco en la mano con una expresión indescifrable en el rostro.
-Vendrás conmigo -ordenó él con su voz grave, directa, sin dar espacio a preguntas.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, Cael avanzó hacia ella y, con una mano