Al instante ella se sonrojó como un tomate maduro.
Sin embargo, estaba más que molesta. “¡Fuiste tú! ¡Todo es tu culpa! Tienes que quitarnos toda la ropa cada vez que dormimos. Nos las quitas aunque no hagamos ese tipo de actividad. Yo… ¡Tenía prisa y me había olvidado de todo! ¡Eres tan desagradable!”.
Ella no le dio importancia a nada más, sino que levantó la mano y le quitó la camisa que tenía puesta, pero que aún no se había abotonado. Consiguió quitársela con unos pocos movimientos, y s