Sebastian apretó ambos puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. “Minerva, dime, ¿dónde... estás? ¿Dónde estás ahora?”.
Minerva estaba sin aliento de tanto llorar, y uno podía imaginar el terror en su tono. “Tío Sebastian, yo... no lo sé. Yo... no sé dónde estoy. Ellos... Ellos dijeron... Dijeron que si no vienes a salvarme, me cortarán uno de los dedos... Tío Sebastian... Ay... Duele...”. Minerva sollozó.
En menos de un minuto, los ojos de Sebastian ardían de rabia.
Miró