Aino asintió con la cabeza. “Tía Jane, te extrañé, y extrañé a mi hermano”.
Su voz era suavecita. Tan suave que hizo a Jane sentirse un poquito desolada. Puso al bebé en la cuna, y luego dijo con ambos brazos abiertos: “Buena niña, Aino. Ven rápido y déjame verte. Sé que has sufrido agravios estos últimos días. Sé que extrañas mucho a tu madre. Ven acá rápido, bebé”.
Aino instantáneamente estalló en lágrimas. “Tía Jane, ya no tengo madre”.
Saltó hacía los brazos de Jane, y lágrimas comenzaron a