Sarah parecía agotada, con ojeras marcadas y la piel pálida, cuando Alden entró en su habitación. En cuanto lo vio, su rostro se iluminó. Extendió ambas manos hacia él.
“Te extraño,” susurró Sarah.
Alden la abrazó, acariciando suavemente su espalda.
“¿Por qué no estás descansando? Necesitas recuperarte, Sarah.”
“No puedo dormir. Tengo miedo, Alden. Quiero que estés aquí conmigo.” Las lágrimas corrían por las mejillas de Sarah.
Alden miró a Kenneth, que estaba sentado en el sofá, igual de agotad