Tercera persona
Cassandra se quedó congelada donde estaba, con los dedos aún aferrados a la tela de su camisa. Las lágrimas no se detenían. Seguían cayendo, nublándole la vista y haciendo que todo se sintiera inestable.
—Pero estás enfadado —dijo, con la voz quebrada por el peso de la emoción—. No quiero que estés enfadado conmigo.
Alaric se pasó una mano por el cabello con un movimiento brusco y sin control. La compostura que había mantenido hasta entonces empezaba a resquebrajarse, pedazo a p