Esmeralda no lo apartó, aunque una parte de ella ardía de disgusto por su exceso de confianza, y otra parte, la más traicionera, deseaba que no dejara de tocarla, solo cruzó una pierna sobre la otra, atrapando su mano entre ambas, y lo miró de reojo con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Estás disfrutando esto demasiado —le acusó en voz baja.
—Tú me diste permiso —respondió él, sin apartar la mano—. Sería de mala educación no usarlo.