Seis

Capítulo Seis

Cuando Alejandro escuchó esas palabras, se quedó en silencio.

Su mente estaba llena de confusión.

Sabía que tenía que volver con Lucía…

Pero eso parecía imposible.

¿Volver con la mujer a la que traicionó?

¿La mujer que dejó para casarse con su hermana?

Ya estaban divorciados.

Y ahora todo estaba peor.

Si esto le hubiera pasado a su hermana, él mismo le habría dicho que se alejara por completo de ese hombre.

Pero ahora… era él quien había destruido todo.

¿Cómo podía volver con Lucía Castillo después de todo eso?

¿Ella sabía lo que había pasado entre él y Nathan?

¿O Nathan se había casado con ella solo por venganza?

Alejandro iba de regreso a casa cuando se encontró con su hermano, Edward.

Edward sonrió con burla.

—Buenos días, señor Nathan… el esposo de Isabella y Lucía.

Alejandro lo miró serio.

—¿Tú te escuchas cuando hablas? Eso no tiene sentido.

Edward se encogió de hombros.

—Tiene mucho sentido. Solo que ahora duele escucharlo, ¿verdad?

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

Edward suspiró.

—Te lo dije antes. Si ibas a tener otra mujer, al menos que Lucía no la conociera. Pero no… te casaste con su propia hermana.

Se cruzó de brazos.

—Y yo ni siquiera fui a esa boda. Me pregunto cómo creías que ella iba a reaccionar.

Alejandro apretó los puños.

—No lo planeé así.

Edward lo miró fijamente.

—Siempre dices eso. Pero al final, todo termina igual.

Alejandro bajó la voz.

—Yo no quería que esto pasara.

Edward lo observó en silencio un momento.

—Si de verdad amas a Lucía, entonces haz algo bien por una vez. Dile la verdad.

Alejandro lo miró confundido.

—¿Qué verdad?

—La verdad sobre Isabella. Sobre todo lo que pasó. No puedes seguir escondiéndolo.

Alejandro respiró hondo.

—Puede que no me perdone.

Edward se encogió de hombros.

—Tal vez no. Pero al menos dejarás de mentir.

Hubo un silencio.

Alejandro miró hacia otro lado.

—¿Puedo quedarme aquí esta noche?

Edward sonrió un poco.

—Somos familia. No es solo trabajo.

Esa noche, los dos hermanos hablaron por horas.

Recordaron su infancia.

Antes de las empresas.

Antes de los problemas.

Antes de todo lo que había destruido sus vidas.

A la mañana siguiente

Alejandro volvió a casa.

En cuanto entró, Isabella lo miró molesta.

—Vienes de casa de tu “amiga”, ¿verdad? Ni siquiera me llamaste.

Alejandro soltó un suspiro cansado.

—Por favor, Isabella, déjame descansar.

—No, respóndeme. ¿Qué quieres realmente? ¿También quieres casarte con ella? ¿Quieres que Lucía se ría de mí?

Alejandro la miró con frustración.

—No quiero esto. Estoy cansado de todo esto.

—¡Siempre estás cansado! —gritó ella—. Pero nunca estás cansado para tus problemas.

Alejandro pasó una mano por su rostro.

—Te estoy diciendo que no puedo más.

Isabella lo miró con rabia.

—¿Dónde dormiste anoche?

—En casa de mi padre.

—¡Mentira!

Alejandro levantó la voz.

—¡Sí! Porque aquí no tengo paz.

Isabella se quedó en silencio unos segundos… luego explotó.

—¿Por qué siempre hablas de Lucía? ¡Siempre ella!

Alejandro la miró fijo.

—Porque ella era mi vida antes de que todo esto se rompiera.

Isabella apretó los labios, con lágrimas de rabia.

—Ya veo… por eso todos me odian a mí y a mi hija.

Alejandro no respondió.

Y ese silencio dolió más que cualquier palabra.

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