El bolígrafo en la mano de Ana se detuvo un instante, casi estropeando el boceto que había dibujado. Pasado un momento, asintió.
—Está bien.
Ambos se cambiaron de ropa, compraron algunas cosas, y luego se apresuraron hacia el cementerio.
Pensando en lo que vendría después, ambos se sumieron en silencio, con la cabeza gacha, absortos en sus propios pensamientos, por lo que nadie se percató de la mirada de sorpresa y rencor que provenía de un camión de carga con el que se cruzaron.
...
Al llegar a