El pequeño cuerpo de Ana se encogía, su mano cubría su boca, las lágrimas caían una a una al suelo, generando pequeñas salpicaduras. No se atrevía ni a imaginar la decepción y tristeza que sentiría Javier al despertar. ¿Pensaría que ella lo abandonó? Con solo esta idea, el corazón de Ana sentía como si lo hubieran cortado con un cuchillo, y el dolor casi la asfixiaba.
Ana no sabía cuánto tiempo había estado allí. Algunos transeúntes, al verla en ese estado, miraban con compasión, desconociendo l