Olga ya no se atrevía a dejarse ver en lugares públicos, así que encontró un apacible rincón desde donde llamar a Irene.
Si los costosos gastos médicos de Pablo no se saldaban pronto, probablemente se vería condenado a pasar el resto de su vida en una cama de hospital, totalmente dependiente.
La llamada tardó en recibir respuesta, extendiendo su angustia.
A Olga ya no le importaba en lo más mínimo preservar su propia dignidad:
—Irene, ¿acaso tienes algo de dinero disponible? Necesito que me haga