Mientras tanto, Lucío también, casualmente, siguió la mirada de Ana. Al verla, una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre, que se abrió paso entre la multitud hacia ella.
—Ana, tú también estás aquí.
—Sí, vine con Karla.
Con la llegada de Lucío, los demás también posaron sus miradas en Ana. Aquellos ojos inquisitivos parecían preguntar en silencio quién era esa mujer desconocida.
Ana se sintió algo incómoda, especialmente al ver la expresión no muy feliz de Lantit detrás de Lucío, y empujó a