Esa noche, José casi no durmió, pero para no dejar que Javier notara su extrañeza, se acostó obedientemente en la cama. Ya casi amanecía, y vencido por el agotamiento, Jose finalmente logró dormir un poco.
Al día siguiente, cuando los dos pequeños se levantaron, vieron las ojeras bajo los ojos del otro. Se miraron, pero ninguno dijo nada. Al enterarse de tal mala noticia, se sintieron como si el cielo se hubiera derrumbado, ¿cómo podrían dormir tranquilamente?
—Vamos a ayudar a Adelina con algo