Sofía y Camila, después de comer, continuaron paseando por la ciudad. Mientras caminaban por las calles tranquilas, Sofía suspiró profundamente y confesó:
—No quiero regresar a casa temprano. Cada vez que vuelvo, siempre termino discutiendo con mi madre. No aguanto más esa presión.
Camila, comprensiva como siempre, le ofreció una sonrisa cálida.
—Te entiendo, amiga. No te preocupes, podemos quedarnos por aquí hasta que estés lista para volver. Estoy contigo toda la tarde.
Sofía sonrió agradecid