—Permíteme presentarte —dijo Giorgio, rompiendo el silencio—. Flavio.
Un hombre elegante, de porte sobrio y traje impecable, dio un paso al frente e inclinó la cabeza con respeto.
—Bienvenida, señorita Cassini.
Fiorina respondió con una sonrisa educada y breve.
—Gracias.
—Y Teresa —añadió él, girando apenas el rostro.
Una mujer mayor se acercó con paso tranquilo, vestía de forma sencilla pero refinada, su expresión era dulce, abierta, y en sus ojos había una calidez distinta, casi maternal.
—Fui la niñera de Giorgio y Marcelo —dijo con una sonrisa amable—, es un gusto conocerla, señorita Cassini.
Fiorina sintió algo suave en el pecho, asintió de inmediato y respondió con cortesía sincera.
—El gusto es mío, doña Teresa.
Entonces se obligó a recordar su papel, inspiró despacio y se aferró al brazo de Giorgio con naturalidad, acomodándose junto a él como si ese gesto le perteneciera desde siempre.
—Amore —dijo con una dulzura falsa, pero muy bien fingida—, ya quiero saber e