—Permíteme presentarte —dijo Giorgio, rompiendo el silencio—. Flavio.
Un hombre elegante, de porte sobrio y traje impecable, dio un paso al frente e inclinó la cabeza con respeto.
—Bienvenida, señorita Cassini.
Fiorina respondió con una sonrisa educada y breve.
—Gracias.
—Y Teresa —añadió él, girando apenas el rostro.
Una mujer mayor se acercó con paso tranquilo, vestía de forma sencilla pero refinada, su expresión era dulce, abierta, y en sus ojos había una calidez distinta, casi matern