Después de unos segundos de duda, Fiorina tomó su mano.
Giorgio la ayudó a ponerse de pie y la guió hacia el comedor. La mesa iluminada por la vela parecía demasiado tranquila para lo que acababa de suceder.
Fiorina se sentó lentamente.
Giorgio no lo hizo.
Primero fue a la cocina.
El sonido de la sartén aún caliente rompió el silencio cuando terminó de mover la comida con la cuchara de madera que Fiorina había dejado ahí, asegurándose de que no se quemara. Sirvió con calma en los platos,