Él no responde de inmediato. Solo me mira, y sus ojos, esos ojos que una vez conocí tan bien, ahora están vacíos, llenos de un dolor que me atraviesa sin piedad. Me siento expuesta, vulnerable, al igual que él.
–No me dijiste nada –murmura, con voz rasposa, entrecortada por el peso de las palabras no dichas. La vulnerabilidad que emana de él es palpable, desgarradora, y la tristeza en su mirada se clava como una daga en mi pecho. –Abrí mi corazón, y luego… te vi marcharte con ese hombre. ¿Debo